El camino del alma, el camino a la paz

Por Blanca Lopez
El camino del alma, el camino a la paz

Entender el significado elevado de la cultura y de la dimensión humana del patrimonio, te ayuda a encontrar tu esencia y tu libertad.  

Nov. 2018. todos nos resulta fácil comprender el proceso de evolución en el mundo tecnológico. Las distintas versiones y generaciones de productos y de servicios marcan el grado de avance de un conocimiento o de una experiencia. Esto se consigue revisando desde el origen todo lo que no está en orden para hacer en cada generación un uso más adecuado de los recursos disponibles. 

La mejor versión debe nacer del nivel de consciencia, es decir, del profundo grado de conocimiento de las versiones anteriores. Para avanzar como sociedad debemos seguir este mismo proceso. Sin embargo, en el caso de los seres humanos resulta más complicado, ¿por qué?.

Queremos ser una mejor versión de nosotros mismos: esperamos que las decisiones que tomamos nos lleven a ser más felices y más prósperos para vivir en paz y con amor. Pero parece que hagamos lo que hagamos (con independencia de todo lo bueno que la evolución tecnológica trae a nuestras vidas), seguimos atrapados en una infelicidad e insatisfacción permanentes.  

Algo importante está fallando en nuestras decisiones. No estamos mirando de manera consciente hacia nuestro pasado para ver dónde están los errores y dónde está el desorden. Una mirada que debe ser interna porque esas versiones anteriores viven en nosotros a través de todo aquello que heredamos de nuestros ancestros. Esa es la dimensión humana del patrimonio.  

Recibimos al nacer dos grandes legados que nos hacen únicos. El primero es individual, el patrimonio genético. Una información que proviene de nuestro árbol genealógico a través de la estructura del ADN y de lo que científicamente se conoce como epigenética: una gran base de datos familiar que explica no solo nuestro aspecto físico. Supone una «carga» silenciosa llena de experiencias, traumas, pactos, deudas, penas, alegrías, culpas, miedos, profesiones, formas de actuar, etcétera, que va desarrollando nuestra personalidad de una u otra manera dependiendo de lo «conscientes» que seamos de ella y de cómo gestionemos esa información. 

El segundo legado es colectivo: la herencia cultural. Además de lo que la Unesco define como patrimonio cultural y de lo que habitualmente definimos como cultura (expresiones artísticas, literarias, científicas, cinematográficas...), integramos las características distintivas de una sociedad o de un grupo, estilos de vida, maneras de vivir en comunidad, sistemas de educación y de valores, doctrinas religiosas, tradiciones y creencias.   

India gate, Delhi

Esto significa que las decisiones que tomamos en nuestra vida y que nos llevan al éxito o al fracaso aparentes, así como la manera que tenemos de relacionarnos con nosotros mismos, con la sociedad y con la naturaleza están intrínsecamente condicionadas por el pasado, por la cultura y por nuestro entorno personal y medioambiental.  

Permanecer fieles, consciente o inconscientemente, a esa cultura heredada nos lleva a tomar decisiones dentro de lo que llamamos zona de confort. Fortalecer el sentimiento de pertenencia a un grupo social y familiar nos da seguridad aunque nos haga sufrir o no nos permita avanzar. Por eso, por ejemplo, mantenemos profesiones o ideologías políticas de nuestros progenitores, asumimos la defensa de injusticias ocurridas en la familia, replicamos situaciones o actitudes de nuestros padres o abuelos, o tomamos decisiones respecto a nuestras relaciones e hijos en función de los valores que nos inculcan desde pequeños. 

Salir de la zona de confort  nos da miedo porque conlleva enfrentarnos a aquello que nos duele. Por eso buscamos las respuestas a nuestros fracasos o a nuestras frustraciones en el exterior, esperando ese «algo» que lo cambie todo, que sean otros los que mejoren su actitud o a que algún emprendedor brillante ofrezca un nuevo producto o servicio que resuelva nuestros problemas. Y así, aunque a prioricreamos ser dueños de nuestro propio destino, vivimos en la inercia de un pasado que no nos deja evolucionar hacia una mejor versión de nosotros mismos y hacia una mejor versión de nuestra sociedad.  

De esta manera no tomamos las riendas de nuestra vida para desarrollar todo nuestro verdadero potencial. Permanecemos «dormidos» siendo una versión actualizada de nuestros antepasados.  

Si queremos evolucionar para ser nosotros mismos y con ello contribuir a una mejor versión de nuestras empresas y de nuestras organizaciones, debemos empezar a tomar decisiones conscientes. Eso implica mirar al pasado y a nuestro propio legado para poder comprender quiénes somos en realidad, empezar a poner paz en el conflicto y orden en el desorden. 

Es el inicio del proceso de transformación cultural que nos lleva al cambio de creencias, de valores y de decisiones para recuperar lo bueno y para dejar atrás lo que ya no nos sirve en el futuro. Es un proceso interno lento, muy lento, a disposición de toda persona, empresa o institución que sienta que puede dar mucho más de sí mismo. 

Ya se están dando los primeros pasos gracias a la agenda 2030 planteada por las Naciones Unidas. Pero debemos acelerar el ritmo. Este es el único camino que nos lleva al éxito en la nueva era que es digital y es humana, donde siete billones de personas con identidad propia compartimos unos objetivos universales de felicidad y de bienestar. 

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