El renacer de la Casa Fabergé

Por Blanca Lopez
El renacer de la Casa Fabergé

Abril 2019. Cierro los ojos. Respiro profundamente. Imagino un precioso escaparate que luce satisfecho la colección de los 52 Huevos de Pascua que la Casa Fabergé creó para la familia Romanov. Los imperiales. Sonrío. Las diminutas sorpresas extraviadas, los que misteriosamente siguen desaparecidos, aquellos inacabados, los que se vendieron para construir una nueva patria… En mi sueño están juntos, completos, en paz. Han vuelto a casa.

Imagino tanta belleza en miniatura y me quedo absorta, hechizada. Surge un recuerdo de mi infancia. Mis ojos clavados en el mostrador de aquella pastelería donde alguna tarde mi madre me llevaba a merendar. Elegir era lo más difícil. Los chevaliers desbordantes de nata y salpicados de finas almendras como montañas nevadas, los bizcochos regordetes cubiertos de crema y canela, los petit choux decorados con chocolate…

Vuelvo a mi escaparate Fabergé. Como antaño es casi imposible decidirse por uno. El primero, el más sobrio y aparentemente sencillo, esconde una diminuta gallina de oro engalanada con la corona imperial y un colgante de rubí. No, quizá el que custodia la carroza imperial para los días de coronación… el que se despliega como un acordeón y se convierte en un portarretratos sostenido por un pelícano… o la serpiente de diamantes que marca las 12.

Comprendo la fascinación que debían producir en sus destinatarios. Fabergé, vous êtes un génie incomparable, escribió la emperatriz Maria Fiódorovna Románova a su hermana Alejandra, reina de Inglaterra, cuando en 1914 recibió el Huevo homenaje a Catalina la Grande. Dentro se escondía en miniatura la mismísima Catalina sentada en su palanquín y porteada por dos criados que iniciaban la marcha al dar cuerda a esta exquisita pieza de juguete. Cada año, por Pascua, no era la zarina la que recibía el huevo con sorpresa… era la niña frente a su escaparate de pasteles.

Doy varios pasos hacia atrás para ampliar la mirada y admirar la majestuosidad de mi visión. Pienso en las personas que les dieron la vida y en la magnífica riqueza cultural y artística en la que se inspiraron. Maestros orfebres, los llaman. Virtuosos de la paciencia, expertos creadores de formas y de belleza, diría yo. Mi corazón me dice que dentro de estas delicadas microestructuras con sus piedras preciosas, esmaltes, relojes, mecánicas giratorias y sonoras… ocultaron algo más, algo apenas perceptible.

La mayor parte de ellos nos hablan de la familia imperial: de sus orígenes, de acontecimientos como el nacimiento de Alexei, el último heredero, de su amor o de hitos importantes en la historia de Rusia. Otros celebran la naturaleza, las flores, los animales, el tiempo. Pero tras esas capas de información histórica y artística, los huevos Fabergé custodian mensajes universales. El misterio de la vida. 

Sus creadores compusieron un idioma propio uniendo la simbología de los materiales, de las geometrías y de los colores que utilizaron. Mensajes codificados como los que atesora la heráldica, las pirámides de Egipto o cualquiera de los ingenios y obras elaboradas por artistas que buscan la esencia, la verdad y el amor. Una información a la que solo se puede acceder cerrando los ojos y abriendo el corazón. Reconciliando el pasado.

Tal es la magia y el poder de este precioso escaparate. Un hermoso lugar de luz y de paz. Ahí están todos. Brillando. Observo en silencio y con lágrimas en los ojos;  vuelvo a sonreír.

 

El corazón del legado de la Casa Fabergé late en esta colección única de Huevos de Pascua Imperiales realizados para la familia Romanov entre 1885 y 1917. Crónicas en miniatura de un linaje que gobernó Rusia durante más de tres siglos.  Un legado que tiene un valor excepcional para la sociedad.

El huevo es símbolo de vida. El regalo que se intercambia en Rusia y en muchos otros lugares del mundo por estas fechas. De chocolate o de piedras preciosas, representa la vida después de la muerte en el viaje de nuestra evolución individual.

Carl Fabergé era un hombre de negocios que amaba la cultura, la belleza de las formas. Acercar su marca al significado elevado de un objeto que representa el amor y el despertar a una nueva vida, es la manera de hacer algo bueno con su legado. Al igual que al de las piedras preciosas de las joyas que hoy vuelven a llevar su nombre: el rubí, creatividad divina, buena fortuna, lealtad y amor; la esmeralda, esperanza y futuro, renovación y crecimiento… Reveladores de la verdad que nos inspiran la búsqueda del sentido de la vida, de la justicia, de la compasión y de la armonía.

A principios del siglo XX Fabergé era la joyería más grande de Rusia. Murió en 1918, el mismo día en que lo hicieron Nicolás Alejandra, Olga, Tatiana, María, Anastasia y Alexei Romanov. Ellos, que heredaron por inercia el peso del sello imperial, pagaron con su vida el precio del pasado de su linaje familiar.

El destino hizo que el joven Gustav Fabergé emigrara con su familia a San Petersburgo, ciudad creada por uno de los primeros Romanov, Pedro I el Grande, para que su hijo Carl Fabergé fuera testigo y artesano de sus descendientes más ilustres y de su triste final.

Desde la nacionalización de la compañía y la confiscación de su inventario en ese mismo año, el legado de Fabergé se desintegró y tomó rumbos muy diferentes.

Les Belles Maisons: House of Fabergé, timeline

La nueva Casa Fabergé (tal como la están reconstruyendo, con la mentalidad empresarial tradicional) es una ventana a una época, al pasado. Pero en realidad puede ser una puerta al futuro, a la paz, a transformar la cultura. Durante milenios hemos creado objetos materiales preciosos y terribles relaciones entre las personas. Ordenar y tener una nueva oportunidad para la vida implica estar abierto a tomar conciencia del desorden y de los olvidados. La historia de la Casa Fabergé tiene mucho de ambos.

Por Blanca López, Socia Directora de Les Belles Maisons. @Blanca_lbm / Linkedin 

Foto de portada: © The Link of Times Huevo imperial de la Coronación. Fabergé, 1897

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