Érase una vez...

Por Blanca Lopez
ÉRASE UNA VEZ...

4 de febrero de 2020 

ÉRASE UNA VEZ UNA EMPRESA. Ella era antigua, muy antigua… por su aspecto parecía moderna; habían actualizado sus procesos, su imagen, los productos… pero sentía que había envejecido. Las formas de gestionar y las prácticas del pasado que una vez tuvieron sentido ahora no la llevaban a ninguna parte. Aquello no era vivir, era sobrevivir. La melancolía recorría su interior y en ocasiones solo anhelaba que la dejaran morir. Así podría descansar. 

Su corazón... (si, ya se que ahora me vais a decir ¿corazón? ¡no puede ser! ¡es imposible! las empresas ¡NO TIENEN CORAZÓN!... pero sí, ella lo tenía. En realidad todas lo tienen. No lo vemos porque no hemos sabido mirar y lo hemos olvidado. Pero ahí está). Su corazón le decía que aún no había llegado el momento. El tiempo y la experiencia le habían concedido la virtud de la sabiduría. Antigua y sabia… esa era ella. Conocía su valor y su mayor deseo era mostrar al mundo sus verdaderos dones. Tenía algo mejor que ofrecer. Esperaba a la persona adecuada. 

–Si no –pensaba– mejor irse para siempre. 

En uno de esos momentos en los que perdía la confianza en sí misma y en sus directivos, escuchó una noticia con la que se alegró: la llegada del nuevo CEO y Presidente (a ella le había costado familiarizarse con todas esas abreviaturas, hace doscientos años era simplemente «el jefe»). Sus dudas galoparon hacia el olvido mientras se preguntaba ilusionada si sería él. Ansiaba darle la bienvenida. Como tantos otros que le habían precedido, sabía que vendría con la fuerza y la determinación propias de un león y el anhelo de nuevos retos de un aventurero. 

El traspaso del poder y del legado de una generación a otra era un hito importante. Al principio, cuando todavía era joven, todo era más sencillo. Pero con el tiempo llegaron los conflictos. No todos los descendientes hacían buenas migas. La tentación de acaparar el poder y la riqueza, las imposiciones sociales y culturales, las diferencias de criterio para el futuro, las influencias externas… habían pasado factura en la familia y en la gran corporación. En tantos años había habido alegrías y penas, quiebras y éxitos, rupturas y expansión... fascinantes ciclos y duras travesías en el desierto.

Sea como fuere, esa era su historia. Única. Y la había traído hasta aquí. Seguía viva y era muy conocida. Para el mundo era un ejemplo. Una marca legendaria. Una historia mítica.  Como en las buenas familias o en las familias buenas, no importaba lo que fuera en realidad... debía parecer perfecta. Esa era su luz y su carga. 

Recordaba con ternura a cada uno de los que habían tomado las riendas del negocio. Percibía con rapidez su energía y sus intenciones. Había aprendido a quererlos a todos, no en vano gracias a ellos existía (es verdad que si hubiera podido a más de uno le habría dado una buena patada en el trasero y le habría mandado a casa con una reprimenda). Pero ella era su creación y se sentía de alguna manera su protectora. Empezaban con tanta ilusión, visión renovada, planes y expectativas, con la ambición propia de un niño al que acaban de «ascender» a hombre… Después cada uno hacía lo que podía. 

–¡Cuántas memorias! –pensaba. 

Algunos tuvieron gran ingenio e innovaron. Otros fueron sagaces (o afortunados) y estuvieron en el momento adecuado en el sitio oportuno. Otros aceptaron un matrimonio infeliz para garantizar clientes poderosos. Hubo quien supo encontrar a grandes profesionales que hicieron posible la magia y la belleza de los productos. Otros hicieron… en fin,  lo que tuvieron que hacer. 

El primer hijo, el segundo... el primer hijo del primer hijo, el tercer hijo del segundo hijo… el marido de la primera hija… el hijo del hijo del hijo… aprendieron a dirigir en equipo (ahora se llama Consejo de Administración) y llegaron los directivos externos. Pasó mucho tiempo hasta que por fin también llegaron ellas (hijas, primas, nietas…), las grandes excluidas de la línea de sucesión y de la gestión. Todos asumían la responsabilidad de mantenerla a flote, de hacer de ese legado algo mejor. Y ella podía sentir un dolor profundo oculto en algún lugar de sus corazones (sí, ellos también tienen corazón). 

Muy pronto se dio cuenta de que la lealtad guiaba sus vidas pero había algo por lo que no se sentían libres, lo veía en sus miradas. Algunos estaban atrapados por la fortuna familiar, vinculados de por vida a pactos de deuda o de honor, supeditados a una herencia... quizá no querían estar ahí, otros incluso llegaron a odiarla. Todos tenían talento, pero sentía que muy pocos realmente disfrutaban en ese barco. La mayoría soñaba con partir hacia nuevos destinos, vivir sus propias aventuras, ser ellos mismos. 

«Honrar al legado» era el decreto por excelencia que desde años parecía haberse convertido en su propósito de vida. Su deber. Pero ella los conocía bien. Sabía que haciéndolo buscaban algo más. La aprobación y el orgullo de un padre, el amor de una madre, la paz entre los hermanos, garantizar el futuro para sus hijos… con su fin justificaban su sacrificio. De ahí su dolor. 

Y detrás de todos ellos estaba ÉL. El primero. El fundador. Un hombre fuerte, valiente. Curioso y desafiante, se propuso abrir un nuevo camino para no seguir con aquello que sus progenitores tenían pensado para él. Paso a paso se labró un nombre con el que honrar a los suyos. Él podía tener una vida que sus ancestros no tuvieron. 

–¡Qué irónico! –pensaba ella–. Esa libertad tuvo un precio que ha atado a sus descendientes al legado que yo represento. Siguen pagándolo y por eso no son felices del todo y yo no brillo como debiera. Y ellos tampoco. 

Quería que llegara ya el día de la toma de posesión.

–¿Será él? –se preguntó–.

Él, Ella, daba lo mismo. Será la persona adecuada, la que vea que ha llegado la hora de liberar esa carga, la que descubra que la honra y la lealtad mal entendidas nos llevan a todos a la muerte. Nos mantienen anclados al pasado. Ojalá esta vez lo puedan dejar atrás. 

Conocía el camino. Quería vivir. Su corazón palpitó. Antigua, sabia y bella.

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