Los Archivos históricos del mundo

Por Blanca Lopez

31 de marzo de 2020

La investigación previa de un nuevo proyecto nos llevó a visitar el Archivo General de Simancas una mañana luminosa de otoño de 2018, en un viaje que parecía fuera del tiempo y del espacio.

Al llegar nos impresionó ver una versión en hormigón de los campos de Castilla, antesala y plataforma de bienvenida que resalta y da espacio a esta fortaleza misteriosa. Apenas dos personas más a nuestro alrededor. La paz del entorno y el feliz canturreo de los pájaros nos invitaban al silencio, anunciándonos que estábamos frente a un lugar especial. Sagrado, podríamos decir. Más allá de la belleza de su arquitectura exterior, tras la protección de sus piedras, supimos que su interior guardaba un tesoro.

Acompañadas por el subdirector del Archivo disfrutamos de un apasionante recorrido por el que es, tras los Archivos Vaticanos, el fondo documental más homogéneo y completo de la Era Moderna.

Las personas que lo custodian, conscientes de la importancia de su misión, protegen, cuidan y hacen visibles los trescientos años de historia que contienen sus legajos, en armonía y sintonía, silenciosa y bella, con profundo amor y respeto.

Cuando más de dos mil millones de personas estamos hoy confinados en nuestras casas, miro atrás con la perspectiva del tiempo y pienso en todas las cosas que me han pasado desde el 2008, la anterior crisis global... Ese año fue mi punto de partida de una profunda transformación personal que me ha llevado a un cambio sustancial de enfoque de vida. En estos doce años he comprendido, como decía Nikola Tesla (y tantos otros a lo largo de la historia), el valor inestimable de la introspección a la hora de preservar la vida y como modo de progresar.

Absortos en la contemplación del mundo exterior hemos vivido ajenos a lo que pasa dentro de nosotros mismos. Por eso siento que esta pandemia es tan solo la telonera de algo quizá más trascendente que está por llegar: un largo periodo de reconstrucción de la humanidad, de las relaciones entre pueblos y de nuestra relación con el planeta. Tenemos por delante años de introspección, de curación y de reparación de viejas heridas.  

Esta reflexión personal me ha hecho recordar aquel viaje al Archivo de Simancas. Desde allí (sin moverme de casa) he dado un paseo por algunos de los archivos conocidos más importantes del mundo: el Archivo de Egipto, el Archivo del Vaticano, el Archivo de Indias, el Archivo del Reino Unido, el Archivo de Francia...

Estos lugares son auténticos templos de la historia. No solo nos invitan a cultivar el intelecto y la creatividad. Ellos son una puerta a la sanación de la sociedad, de los países, de las comunidades.

Son cruciales en esta etapa de reflexión colectiva y global porque guardan la información sobre las relaciones del pasado, allí donde surgen, crecen y se perpetúan las heridas, los conflictos, el dolor… Contienen la información de aquello que debemos mirar para curar esas heridas y avanzar al futuro.

Hacer un ejercicio sincero de mirar al pasado despierta en nosotros todo aquello que estaba «dormido» pero presente en nuestras vidas: rabia, miedo, dolor, frustración, infelicidad… Por eso la información también duerme, está en letargo, esperando a que estemos preparados para mirarla... Solo desde el amor podremos perdonar aquello que no hemos sabido hacer mejor. Mirar al pasado con el corazón implica comprender que no hay buenos y malos, respetar a los que han estado antes que tú, agradecer todos los acontecimientos y circunstancias, observar todo sin juicio. Soltar el pasado para mirar a la vida, reconociendo todo lo vivido como experiencia y como los pasos necesarios para la expansión de nuestra conciencia.

Los archivos históricos están silenciosamente conectados por una historia que nos une a todos y que nos recuerda que tenemos un origen común, nuestra esencia, la unidad que se manifiesta en la diversidad de culturas, pueblos, lenguas, formas de vida…

Ellos nos enseñan a mirar para que nosotros aprendamos a vivir.

 

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